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Temas recurrentes en la literatura infantil latinoamericana

Por Liliana García Domínguez - 10 de Octubre, 2009, 0:27, Categoría: Fichas

[Artículo publicado en la revista Cuatrogatos, en su actualización del 8 de octubre de 2009]



Temas recurrentes en la literatura infantil latinoamericana
Monique Zepeda 

La realidad social, nuestro contexto, se nos cuela por todos lados: en los modos de hablar, en el timbre, en el tono, en los gestos, en los modos de caminar, en el cantado del idioma. También se cuela entre las líneas, más que en los temas o los tópicos, en la elección de las palabras, en el ritmo, en el aire con el que arrancamos una frase.

Entre los temas, desde luego, encontramos las tradiciones, los costumbrismos, el contexto urbano, rural o indígena. Nos topamos con las creencias, compartidas o no, con los usos y costumbres, pero ocurre que entre los contextos, entre las letras específicas de una cultura, también se cuela lo universal.

Y el abandono, el desencuentro, la soledad, la ración de victoria y triunfo logran viajar entre los modos del castellano, entre las formas de la tinta con la que cada quien canta su idioma.

Así entre la sierra Tarahumara (al norte de México) y la selva lacandona (al sur, en el corazón de Chiapas), los temas encarnan en unos personajes que cuentan sus costumbres pero nos las cuentan entramadas en la búsqueda del amor, en la mirada hacia el mundo adulto –ese ser que es de otro planeta por mucha realidad latinoamericana, europea o global que medie…

Decía entonces, que la mirada al mundo adulto, es uno de los temas fundamentales en la literatura para niños y jóvenes; y también las pérdidas, las grandes pérdidas que duelen en el mismo lugar, incomprensible lugar, por más que en algunos de nuestros contextos se haga una fiesta de muertos donde se canta y se come sobre las tumbas. 

La realidad se nos cuela entre las manos y también la universalidad de lo humano, el gozo, el miedo, la sensación de pertenencia o de exclusión, esos temas que independientemente del modo del idioma nos reflejan a todos.

Y como ocurre en lo literario, hay espacio para todos nosotros, independientemente de nuestros contextos y sus variantes, o a pesar de ellos, o como decimos en México, cabemos con todo y todo. 

A los escritores, a los ilustradores, la realidad se nos mete por los ojos, en la sangre, en el corazón. México tiene una variedad enorme de realidades indígenas, cada una con sus lenguas y sus variantes, con sus riquezas, su concepción del cosmos, creando un prisma multicultural que sobrevive a pesar de la globalización.

Los niños indígenas serán marginados, pero nunca son invisibles. La pobreza urbana se multiplica de manera que no nos deja escapatoria, y en todo caso la poesía cumple con su función conciliadora y nos permite hacer versos aun cuando la mirada del hambre nos persiga, allá, en nuestros bienestares literarios.

La literatura, si es que logra educar, es porque no fue esa su primera intención: la primera intención es siempre contar, contar con la urgencia de lo que no se puede tener más tiempo en silencio.

"No hay pena que resista una hora de buena lectura", dijo alguno de los grandes escritores franceses, quien, quizás, no haya tenido penas muy agudas. De lo que no cabe duda, es de que el libro es un compañero privilegiado en los momentos más rigurosos de la vida. Se convierte en un habitáculo, en un refugio donde las palabras nos mecen, o nos hablan de algo que reconocemos, o nos confortan, o nos sacuden.

La literatura, frente a los rigores de un contexto de limitaciones, de rigores, de exclusión, puede convertirse en la posibilidad de encontrarle sentido a la vida, en un espacio inviolable donde recuperar la dignidad, es un espejo donde recomponer la imagen de uno mismo. Muchos autores testimonian esto. Muchos de nosotros –afortunados– compartimos esta experiencia.

La literatura posee espacios y resquicios, ahí, en la trama aparecen fragmentos de nuestra historia, o de nuestros anhelos, o de alguna memoria enterrada. Ahí, en el relato, se asoman personajes que parecen saber mucho de nuestros deseos más secretos. En ocasiones saben más que nosotros mismos. Las imágenes literarias admiten múltiples lecturas y nos abren los brazos para que quepamos con todo nuestro contexto social y nuestro bagaje emocional. Frente a la página, no debemos cuidar la "figura", no debemos guardar compostura, nos encontramos en un estado de incondicionalidad, de intimidad, de interioridad muy amplia. Las metáforas nos suavizan las peores noticias acerca de nuestros temibles afectos. Nos acercan a un espejo que nos aclara las distorsiones que nos empeñamos en esconder. Nos probamos el traje de la víctima, del villano, del abandonado, del audaz, del desalmado y del héroe. Regresamos a nuestra realidad habiéndonos probado la piel de otros, reencontrándonos, con la firme sensación de leernos mejor. La literatura nos acerca a un universo de palabras que configuran la gama de emociones y experiencias humanas donde, sin duda, hemos de reconocernos. 

Al abrir un libro corremos el riesgo de ser conmovidos, sacudidos, o de ver cómo nuestras creencias se resquebrajan. Nuestros prejuicios pueden sufrir fuertes golpes, pueden incluso desmoronarse dejándonos desnudos frente a verdades que pasamos media vida negando. Leer puede descubrirnos rincones oscuros en un escenario que creíamos totalmente iluminado. Puede cambiar nuestro modo de relacionarnos con el mundo, con los otros, con el propio contexto porque nos amplía los márgenes de la realidad.

  Monique Zepeda, escritora e ilustradora mexicana. Psicóloga clínica especializada en niños. Su bibliografía incluye obras como El cuaderno de Pancha (Premio El barco de vapor  2000), Sentido contrario en la selva (Premio El barco de vapor 2004), Marita no sabe dibujar, Tigre callado escribe poesía y Kassunguilà. El texto que publicamos fue leído en la mesa redonda "Los temas de la literatura infantil y juvenil latinoamericana", como parte de las Primeras Jornadas de Literatura Infantil y Juvenil Latinoamericana, evento realizado en Barcelona, España, los días 26 al 28 de mayo de 2009, por Casa Amèrica Catalunya.


Contacto: lilianagardom@gmail.com

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"Queremos rescatar nuestra literatura oral"

Por Liliana García Domínguez - 23 de Agosto, 2009, 12:07, Categoría: Fichas

La que sigue es una interesante entrevista a Beatriz Panno, especialista en literatura oral, realizada por Luis Aubele y publicada hoy en el diario La Nación de Buenos Aires, en la sección Última página: A boca de jarro.

"Una de las críticas que se les hacía a Charles Perrault, Hans Christian Andersen y los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm era que sus versiones escritas de los cuentos populares anónimos transmitidos en forma oral habían ido desplazando poco a poco a las originales. Algo que Henri Pourrat cuidaba especialmente", explica la profesora Beatriz Pano, directora del Centro Henri Pourrat de Buenos Aires, que regresó de Ambert, Francia, donde se conmemoró el cincuentenario de la muerte del escritor, y fue invitada por la Société des Amis d?Henri Pourrat. Pourrat murió en Ambert, Auvernia, el 16 de julio de 1959.

"Porque hay que recordar que esos autores no fueron los creadores de cuentos como "Caperucita Roja", "Pulgarcito", "Hansel y Gretel", "La Cenicienta", "Blancanieves y los siete enanitos", "El gato con botas", "Barba azul", etcétera. Fueron recopiladores que escribieron lo que ya estaba conservado en la tradición oral. Los hermanos Grimm eran cuentistas, pero también filólogos, miembros de la Real Academia de las Ciencias y autores de obras importantes como La gramática alemana (1819-1837) y el Diccionario de la lengua alemana, un complejo trabajo concluido en 1860. Sin embargo, son más recordados por sus Cuentos de hadas (1812-1815), que incluyen "Blancanieves", "Cenicienta" y "Hansel y Gretel"", agrega.

Beatriz Pano nació en Buenos Aires, pero vivió en Francia, donde ejerció la docencia en escuelas infantiles. Actualmente dirige la biblioteca de los cursos de francés del Instituto Nacional Superior del Profesorado en Lenguas Vivas y el Centro Henri Pourrat de Buenos Aires. Otro de sus orgullos es el trabajo que realiza los sábados, a la mañana, en una villa de emergencia de Villa de Mayo, donde incluso fundó una biblioteca.

-¿Cómo era Henri Pourrat?

-Un hombre afable, enamorado de la naturaleza y de la vida campesina. Nació en Ambert, el 7 de mayo de 1887. En 1905 ingresó en el Instituto Nacional de Agronomía, pero afectado por la tuberculosis debió abandonar sus estudios. Fue durante la convalecencia que comenzó a escribir y desde entonces nunca abandonó Auvernia, una región muy bella, con volcanes y aguas termales. Sus obras son numerosas y diversas, escribió alrededor de 100 libros, que incluyen novelas, cuentos, poesía, biografías, ensayos. En 1921 ganó el Premio Fígaro por su novela Gaspar de las montañas (estaba Colette en el jurado) y una década más tarde fue premiado por la Academia francesa. Tuvieron que transcurrir otros 10 años para que en 1941, por su obra Vientos de marzo, recibiera el Premio Goncourt. Dedicó la última etapa de su vida a su obra monumental Tesoro de cuentos.

-¿Qué es el Tesoro de cuentos?

-Una recopilación de la historia de literatura oral en 12 tomos publicados entre 1948 y 1962. Pourrat salía al campo a escuchar las narraciones que hacía la gente, pero no tomaba nota para no romper la tradición oral; así, a través de los años llegó a rescatar 1300 cuentos. Estudiosos de la obra sostienen que el estilo utilizado por Henri Pourrat no es ni una reproducción ni una imitación del hablar de los narradores campesinos, sino un lenguaje equivalente creado para conservar el espíritu de la tradición oral. Y, precisamente, es eso lo que transforma el Tesoro de cuentos en una obra de arte. Pourrat decía que todos los cuentos en el fondo eran iguales. Pero con las características de cada región. Si en la zona había un castillo seguramente el ogro o la princesa vivían en un castillo.

-¿Cómo se funda el Centro Henri Pourrat de Buenos Aires?

-Fue en 2004, gracias al aporte del pintor Nicolás Rubió, que donó la colección completa de Tesoro de cuentos que le había regalado Annette Pourrat, la hija del escritor. Rubió nació en Cataluña, pero durante la Guerra Civil Española sus padres lo llevaron a Francia, y desde 1938 hasta 1948, cuando emigró a la Argentina, vivió en el pueblito de Villiers, en Auvernia, sobre el que pintó 600 obras y que constituyen uno de los mayores testimonios de la vida rural francesa. En esta primera etapa, la tarea del centro es completar la publicación en castellano de la obra de Pourrat y luego queremos rescatar nuestra literatura oral. Por otra parte, estamos preparando la conmemoración del cincuentenario del fallecimiento del autor, que tendrá lugar en la primera semana de noviembre. Entre otras cosas, comprende la teatralización de tres cuentos de Pourrat, uno de ellos es "El zorro y el lobo", conciertos de música de Auvernia, conferencias, muestras de arte, etcétera.

-¿Qué más podemos decir sobre Pourrat?

-¡Tantas cosas! Pourrat decía que él pertenecía a una generación bisagra, había nacido en el siglo XIX y se había desarrollado como escritor en el XX, entre las dos guerras. Sin embargo, entendía, contra lo que se suele decir, que no había una contradicción entre los dos siglos, sino más bien una continuación. De todos modos le preocupaba que el hombre contemporáneo, en medio de una civilización industrial y urbana, perdiera contacto con la naturaleza y con la sabiduría del hombre de campo. Años más tarde, esta actitud hizo que su obra fuera celebrada y estudiada por los integrantes de los movimientos y partidos ecologistas y protectores del medio ambiente.

-¿Algo para recordar?

-Una frase que resume en parte su visión del mundo: "Para alcanzar lo humano y lo universal, hace falta primero guardar una gran fidelidad a la propia realidad".

Contacto: lilianagardom@gmail.com

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